Adolf Hitler. ERUPTABA Y SE TIRABA PEDOS SIN PARAR. ¿Quieres saber POR QUÉ?

By 5 abril, 2016 Contemporanea One Comment
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Bien conocidas son las facetas del führer como artista fracasado, como demagogo embaucador de masas, como político megalómano y como genocida, pero aparte de los muy estudiosos de su biografía,pocos conocen en detalle los aspectos de la salud de Hitler y su gran uso de las drogas. Como muchos otros detalles de la vida personal del dictador, sus dolencias eran un secreto para los alemanes, y para muchos de sus allegados, y sólo un puñado de sus colaboradores más cercanos, incluido obviamente, su médico personal, estaban al tanto de los tratamientos que recibía, mucho antes incluso de llegar al poder. Hitler era un hombre enfermo, y ya no digamos mentalmente, que también, sino que sufría de un buen número de enfermedades con las que tuvo que lidiar durante años en secreto.

Hitler eufórico

Es muy difícil dirimir si los problemas de salud de Hitler eran el resultado de su permanente estado de estrés o viceversa, aunque hay evidencia de que algunos de los remedios elegidos añadieron a su lista de problemas. Aparentemente, siendo el cabo austriaco vegetariano, casi abstemio y enemigo del tabaco (fumó sólo en la juventud), debía ser un hombre saludable, pero las apariencias engañan, yHitler era un hombre que daba a las apariencias mucha importancia. Por ejemplo, tanto cuidaba su imagen que temía ganar peso, y desde finales de los años 20, en sus primeras campañas políticas, y hasta el final de sus días, tomó laxativos para evitarlo. No soy médico, pero creo que no hace falta serlo para saber que tomar ese tipo de medicamentos sin razones de salud no puede ser algo bueno. El mayor problema, sin embargo, surgió a finales de los años 30, cuando el Doctor Morell le prescribió analgésicos para aliviar los retortijones, medicamentos que tienen el efecto contrario de los laxantes, esto es, que estriñen. Las tripas del führer debían ser toda una fiesta.

Theodor Morell estudió medicina, ginecología y obstetricia en París y Munich hasta que obtuvo su licencia médica en 1913. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió primero en un buque y posteriormente en el frente occidental hasta 1917. Al año siguiente abrió su consulta privada en Berlín. Desde un principio, Morrell basó buena parte de su actividad en tratamientos y medicinas poco convencionales, en una época en la que la regulación era muy laxa. En 1933 se unió al Partido Nazi, y fue a través de Heinrich Hoffmann, el fotógrafo de Hitler, como entró al servicio de este. Aparentemente Hitler se sintió muy aliviado cuando su nuevo doctor le recetó una pócima llamada Mutaflor (que incluía las heces de campesinos búlgaros) para sus problemas estomacales y convirtió a Morrell en uno de los pocos miembros de su círculo íntimo, siempre presente, como puede apreciarse en innumerables fotografías y vídeos. Morell creía que los problemas de flatulencia de su poderoso paciente se debían a su dieta vegetariana. Apenas llegado, observó un día como Hitler comía exclusivamente verduras en diversos platos y vio cómo este se tenía que levantar terminada la comida para ir al baño y soltar lastre en forma de gas.

Hitler with his doctor Theodor Morell

Hitler también tenía insomnio, y Morell le recetaba sedativos. Pero luego por la mañana sufría mareos y falta de energía, probablemente debido a sus malos hábitos a la hora de dormir. Morell entonces le inyectaba una solución que él llamaba “Vitamultin”, cuyos ingredientes mantenía en secreto, al menos hasta que un médico de las SS pudo hacerse con uno de los sobrecitos donde guardaba los polvos y lo llevó a un laboratorio. Entre otras muchas cosas, se encontró que contenía metanfetaminas, lo cual no es de extrañar. El mismo Morrell anotó en su diario que el führer “volvía a la vida” aún con la jeringa en el brazo. Hacia finales de la guerra, Hitler recibía hasta nueve dosis diarias. Otra de las drogas actualmente reguladas debido a su alta adicción y que Morell daba al führer era cocaína. Es verdad que en aquel entonces se acostumbraba a utilizarla en muy bajas concentraciones en los colirios para los ojos, no más de un 1%, pero Morrell se las daba a su paciente en soluciones de hasta el 10%. No es de extrañar que con tanta droga Hitler actuara de manera psicótica.

Pero Hitler y Morrell fueron más allá de las dolencias físicas. Aparentemente, el estado de estrés de aquel y la supuesta homosexualidad no le permitía disfrutar de una salud sexual adecuada, entonces, Morell comenzó a inyectarle Testoviron mezclado con un extracto de las glándulas prostáticas de toros jóvenes. No sabemos si la pobre Eva Braun llegó a beneficiarse, pero los tratamientos continuaron e incluso se incrementaron con el tiempo. En total, Hitler consumió durante los años de la guerra hasta 90 tipos de medicamentos recomendados por el doctor Morrell para tratar sus problemas estomacales, eczemas epidérmicos, y ya en sus últimos años, la enfermedad de Parkinson. A pesar de que ninguno de los tratamientos llegó a  curar alguna de sus múltiples dolencias, Hitler siguió consumiendo las drogas. Todo un junkie.

Eso sí, asegurar taxativamente que el consumo de drogas por parte de Hitler afectó sus decisiones políticas y militares es muy complicado, después de todo, sus ideas y objetivos ya habían quedado plasmados en su libro Mein Kampf.  Menos arriesgado es achacar su comportamiento diario a las drogas. La exultación, la euforia y el júbilo que Hitler demostraba cuando la guerra se decantaba a su favor son claros signos del uso de anfetaminas y otras drogas. Aún así, en varias ocasiones sus allegados observaron un comportamiento excesivamente optimista en Hitler, como durante los peores días de la Batalla de Stalingrado en que insistía en la posibilidad de la victoria y gritaba efusivamente cuando las pocas buenas noticias llegaban. En una visita de Mussolini, fue tal el alborozo con el que lo recibió que tanto los alemanes como los italianos presentes sospecharon que Hitler estaba colocado.

adolf-hitler

Los más cercanos colaboradores de Hitler no se dejaron engañar tan fácilmente. En más de una ocasión este recomendó a Albert Speer que consultara al Dr. Morell, y lo hizo, pero el arquitecto del Reich sabía que no era más que un curandero, y no tomo las medicinas recetadas. El resto de generales detestaba a Morell, pues creían que utilizaba su posición y sus drogas para “embrujar” al führer, además de que era un hombre a quien no le gustaban los baños y apestaba profusamente. De igual manera, Eva Braun se negó a aceptar a Morell como su médico de cabecera y así se lo hizo saber a su presunto amante, en una de las pocas ocasiones en las que ella no se dobló a la voluntad de Hitler.

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Hitler, un hombre con poca o nula formación, creía que los remedios del doctor Morell le ayudaban y por ello lo mantuvo siempre a su lado. No sabemos si era consciente de que no eran más que estimulantes y que, en lugar de curarle, sólo le levantaban el ánimo temporalmente. Menos aún podemos saber si Hitler conocía los efectos secundarios de los productos que consumía. De lo que sí hay evidencia es de que el führer necesitaba las drogas y de que el doctor obedientemente se las daba. Una relación cargada de ironía; un charlatán engañado por otro charlatán.

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Fuente: http://www.cienciahistorica.com/2015/05/05/adolf-hitler-el-drogadicto/

 

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